Si entendemos la espiritualidad como “experiencia espiritual”; sería vivir personalmente la experiencia del espíritu humano o del Espíritu de Dios, o de ambos, porque el Espíritu de Dios sólo podemos experimentarlo a través del propio espíritu humano corpóreo. Todo espíritu humano tiene esa posibilidad y, hasta cierto punto, participa del Espíritu de Dios. Y aunque una persona no crea en Dios, si es honestamente fiel a la energía y a los impulsos positivos de su espíritu humano, y canaliza su energía espiritual a través de las tendencias positivas de su condición humana, conecta con el Espíritu de Dios aunque no lo sepa. Por eso la espiritualidad o “experiencia del espíritu” puede ser simplemente humana, o puede ser vivida en una religión o puede ser espiritualidad cristiana. El hecho de que la persona humana, hombre o mujer, pueda vivir una espiritualidad humana al margen de las Iglesias o de cualquier religión, no es solamente una posibilidad, sino que es una realidad. Hoy la conciencia de este hecho crece en la humanidad, hasta el punto de que hay personas que valoran la espiritualidad humana como la religión más verdadera y autentica, y eso lo detectamos de forma clara en todo el entorno social en que nos movemos en España y en general en Europa, afectando a todas las áreas y actividades: política, economía, educación, familia, etc..
Desde los pasados años 60 y 70 vienen aumentando notoriamente los caminos y metas positivas de “experiencia espiritual humana”, hasta poderse hablar de una nueva espiritualidad de la vocación humana en la historia, no vivida en términos religiosos sino humanos. Ha surgido una nueva auto expresión de la humanidad, cuyo resultado ha sido la aparición de un fuerte sentimiento de solidaridad con los demás, sobre todo con los menos privilegiados, y una fuerte convicción de estar destinados a una vida superior. Esta nueva experiencia de la vocación del hombre está extendida y goza de un gran poder en la época presente. Esta solidaridad y común vocación humana no se expresa en términos religiosos (Nuevo diccionario de espiritualidad), lo que para nosotros resulta ciertamente paradójico.
La extensión de la “conciencia humana” hacía las experiencias de una vida en dignidad, libertad, justicia y solidaridad se manifiestan en nuestra sociedad en tantas y tantas personas de buena fe que prestan su tiempo y energía en los distintos voluntariados existentes y en la proliferación de organizaciones no gubernamentales, muchas de las cuales, trabajan muy seriamente contra la injusticia y contra toda violación al derecho de la vida y a los demás derechos básicos de la dignidad humana; por la inclusión en la vida común a los excluidos de la vida y a los sobrevivientes de las catástrofes…
Decíamos antes que resulta paradójico contemplar como en todos los ámbitos de nuestra sociedad aumenta la vivencia de una espiritualidad humana al margen de cualquier tipo de creencias y, al mismo tiempo, especialmente en la sociedad española tradicional y culturalmente católica se detecta una secularización aparentemente imparable, una perdida de “experiencia espiritual cristiana” o “espiritualidad cristiana”.
La principal diferencia entre espiritualidad humana y espiritualidad cristiana reside en que en este último caso la palabra espiritualidad no deriva de espíritu sino del Espíritu con mayúscula. La espiritualidad cristiana originaria y fundamentalmente, no la constituyen los sentimientos y expresiones de nuestro espíritu frente a Dios. La espiritualidad es, ante todo, don y acción de Dios en nosotros por medio de su Espíritu.
Desde esta perspectiva, la espiritualidad hay que definirla como vida según el Espíritu. “Dejándonos conducir por el Espíritu”. Debemos tener muy presente que caminar según el Espíritu es seguir a Jesús. No podemos entender nuestra espiritualidad sin mirar el modelo que tenemos en Jesús, ya que nuestra espiritualidad no es diferente de la suya, pues nos guía su mismo espíritu.
Creemos que aquí podría estar una de las explicaciones posibles a la paradoja anterior: Jesús y su estilo de vida chocan frontalmente con al modelo de hombre y la forma de vida que se ofrece en nuestra cultura occidental.
Está claro que si la espiritualidad cristiana es un caminar según el Espíritu, no es algo de lo que podemos acordarnos u olvidarnos según las situaciones frente las cuales la vida nos pone cada día. Lo que si es cierto es que, desde nuestra experiencia, no en todas las circunstancias ni en todos los momentos del día, desgraciadamente, estamos igualmente abiertos a esa “acción de Dios en nosotros por medio del Espíritu.
La principal dificultad para vivir un camino espiritual en nuestras concretas condiciones de vida es el acumulo de actividades en que nos vemos envueltos, voluntaria u obligatoriamente, por el estilo de vida imperante de nuestra sociedad. Todo nuestro tiempo y nuestro esfuerzo está dirigido a atender una actividad real o ficticia: hay que trabajar, hay que ver la televisión, hay que acudir a reuniones en nuestra club o en nuestra parroquia, hay que colaborar con tal o cual organización, hay que descansar divirtiéndose y cansándose, etc… Todo esto crea un “ruido ambiente” como un “zumbido” que nos atonta, nos ensordece, impidiéndonos oír la voz del Espíritu.
Según nuestra opinión, una persona que hoy tuviera interiorizados los rasgos esenciales de la espiritualidad claretiana se podría describir como un cristiano que ha optado por vivir y luchar por la causa de Jesús. Ha comprendido que el mejor servicio al hermano es la evangelización y ha elegido este servicio como su forma de luchar por el Reino. Evangeliza por todos los medios posibles con un espíritu misionero, de vanguardia, al estilo de los apóstoles, con una eficaz intención multiplicadora de evangelizadores y una fina sensibilidad hacia lo más urgente, oportuno y eficaz. Ha comprendido que los pobres son los primeros destinatarios de Jesús y que llevarles la buena noticia es signo del Reino. Por eso ha hecho suya la opción de Jesús por los pobres e incorpora a su evangelización un compromiso evangelizador. Siente a María como su madre y desde su Corazón escucha y vive la Palabra. Trabaja por un modelo de Iglesia participativo y corresponsable. Desde su carácter claretiano, busca la promoción de todas las vocaciones en la Iglesia. En este trabajo evangelizador y eclesial se siente ayudado por S. Antonio Mª Claret, con cuyo estilo y vivencia sintoniza y de cuyo carisma se siente participe. Por eso vive en comunión con otros creyentes con los que se siente miembro de una misma familia eclesial: La Familia Claretiana.
El gran desafío que tenemos como seglares si queremos ser fieles al designio de Dios y responder a las profundas esperanzas del mundo es vivir espiritualmente en medio del ambiente en que nos movemos. Antes de programar iniciativas concretas hace falta promover una espiritualidad de la comunión… saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cfr. Gal 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. Sin este camino espiritual de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento. Desde la libertad, sin perder nuestra identidad, sin dejar de atender la parcela que se nos ha encomendado. Todas, por nuestra inserción en el mundo, nuestra acción y nuestra oración y vida sacramental que son integradoras de nuestro ser seglar. (Diego)